lunes 29 de marzo de 2010

La montaña de humo


Cuando viajamos y conocemos otros lugares podemos comparar, cotejar y relativizar muchas de las experiencias que hemos vivido o las cosas que hemos visto. Este ejercicio de reflexión es el que hace Sílvia Alberich en el siguiente relato. Sílvia fue también profesora en el Cervantes de Beirut y después siguió su viaje personal hasta lugares como Camboya, de donde surge la inspiración para esta historia. Espero que os guste tanto como a mí. La foto que la acompaña es de Jesús García Pastor.

Mi padre había pasado 20 años en el Líbano. Era recogedor de basuras. Recogía las basuras de 16 edificios del barrio de Geitawi, en Beirut. No era un mal trabajo aquél, recibía un sueldo mensual de los inquilinos de cada uno de los apartamentos y beneficios por la venta de aquellas cosas útiles que los beirutíes desechaban: botellas de vidrio, garrafas de plástico, fajos de papeles, cajas de cartón, vestidos viejos, algún mueble medio nuevo… Ser basurero de rellanos le permitió vivir razonablemente bien en aquel remoto país y mandar a nuestra madre cantidades considerables de dólares. Con ese dinero mi madre crió a sus 4 hijos, les mandó a la escuela y ahorró lo suficiente para pagar una casa de ladrillo de dos pisos.

Cuando mi padre volvió a Camboya, ya anciano, contaba una y otra vez su vida en el Líbano, una vida extraordinaria, poblada de aventuras prodigiosas y personajes increíbles. A mi hermana Pou Lin y a mí, las más pequeñas de la familia, nos encantaba escucharle. Yo solía cerrar los ojos e imaginarle fumando una pipa de agua mientras conversaba apaciblemente con hombres de largas barbas. Si cerraba bien los ojos podía, incluso, sentir el aroma del café que mi padre sorbía lentamente y escuchar a lo lejos el canto roto del muecín.
Mi padre nos contaba también la vida de los beirutíes para los que trabajaba. Con muchos apenas había cruzado unas palabras, a otros ni siquiera les había visto una sola vez: depositaban la basura delante de la puerta la noche antes y mi padre la recogía al amanecer. Pero lo sabía todo, o casi todo de ellos. Sabía quiénes vivían en cada bloque, qué comían y cuales eran sus costumbres. Los desperdicios de cada apartamento tenían su olor particular, su propio contenido y su propio tamaño. En el primer piso del número 47 de la calle Al-Khazinein vivían una anciana solitaria y su gato, lo sabía por lo minúscula que era la bolsa de basura, por el olor a rancio que se filtraba a través de la puerta y por las latas de comida para felinos y los botes de colonia barata vacíos. En el segundo piso del mismo edificio vivía una familia con un niño muy pequeño: cada mañana montones de pañales malolientes se amontonaban en el rellano y, una vez por semana, aparecía también una lata de leche en polvo para bebés. En el número 2 de Mar Mikhail, una casa baja, vivía un joven desaliñado y bebedor, no usaba cuchillas de afeitar y se alimentaba a base de latas de conservas. Este joven era uno de los mejores clientes de mi padre, con los cascos de cerveza que invariablemente aparecían en su puerta mi padre hacía un gran negocio. En la calle Al-Khoury vivía la mujer más bella de todo el vecindario. No la había visto nunca pero podía reconocerla en el perfume que se desprendía de algún viejo pañuelo, en los restos de azúcar para la depilación o en los botes de khol vacíos que sobresalían de su basura siempre rebosante.
Durante sus años en el Líbano, lejos de su país y de sus seres queridos, encontró en aquellos hombres y mujeres una verdadera familia.


Hace 5 años unas lluvias torrenciales arrasaron nuestro pueblo: se llevaron las puertas y las ventanas de las casas, inundaron los campos de arroz, arrastraron a los animales y a las personas. Mi familia lo perdió todo. Partimos a la ciudad, en busca de una nueva vida. Llegué a Pnom Phen con mi marido y mi hija. Alguien de nuestro pueblo que había llegado unos años antes nos contó que en el vertedero municipal había montañas de basura y mucho trabajo. Pensé en mi padre y en su vida en Beirut. Ser basurera siempre me pareció un oficio excitante.
Hoy he perdido ya la cuenta de las noches y los días que hace que anochecemos y amanecemos entre el olor nauseabundo de este estercolero, empapados de desechos y de sudor, envueltos en desperdicios. Mi hija desapareció hace dos meses engullida por la montaña de basura y desde entonces no sé si mis ojos lloran por el humo que habita el vertedero o porque no logran acostumbrarse a su ausencia.
Peleamos a diario, cuando llega el camión, por la mejor parte del botín. Cientos de brazos hambrientos se disputan los desechos de los habitantes de una ciudad que queda en algún lugar donde la vista no alcanza. Con el dinero que sacamos sólo nos alcanza para asegurarnos un día más entre esta basura anónima, que no habla de nadie, que no cuenta ninguna historia.
A menudo cierro los ojos y sueño, por un segundo, que recojo basuras en Beirut.

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